Cómo hablar con tu yo del pasado

¿Imaginas encontrarte con tu yo del pasado y sentarte a tomar un café y compartir un momento? Dejemos la lógica de lado por un rato.
Cambios, contrastes, y diferencias. Esas serían las primeras cosas en saltar a la vista.

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Hipotéticamente hablando, si esa conversación fuera posible, seguro encontraríamos muchas cosas en las que estaríamos orgullosos de haber cambiado y otras en las que no tanto.
Quizá tu yo del pasado se sentiría algo extinto al mirarte a los ojos, y quizá vos sentirías que mucho de lo que ves en él efectivamente se ha extinto con el tiempo.
Aunque, si me diera la oportunidad de explicarle, simplemente le diría que se quede tranquilo, que las cosas son aun mejores que antes y de lo que él esperaba.
 

Así como nuestros gustos musicales varían con los años, también varía y cambia nuestra forma de pensar. Y de nuestra forma de pensar deviene nuestra forma de vivir, así que… la vida cambia con el tiempo.
Escuchabas música que hoy te resulta patética, y te gustaban cosas que ya no. Es normal. Pero también es normal creer que seremos los mismos dentro de 10 o 15 años, o peor aun, creer que sabemos cómo vamos a ser. Error. Encontrarme con mi yo del pasado me hizo renunciar a esa mentalidad.
No, no hice nada que implique viajes en el tiempo ni drogas. Hice algo muchísimo más simple, pero efectivo. Escribir mis pensamientos, mi postura frente a determinados temas, y leerlos años después. No te desilusiones, porque es casi tan genial y raro como viajar en el tiempo (suponiendo que viajar en el tiempo sea genial y raro).

 

“¿Qué tiene que ver escribir, con hablar con mi yo del pasado?”

 

Si hoy te sentás un momento a escribir sobre lo que sea que se te ocurra, vas a captar algo tuyo que va a quedar ahí. Y pueden pasar los años, pero eso va a seguir ahí. Incluso podés cambiar vos, pero eso va a seguir ahí.
 
Construimos modelos de realidad en nuestra mente basados en nuestras experiencias y nos guiamos en esos modelos al momento de reaccionar, tomar decisiones, y relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. Pero al vivir distintas y nuevas experiencias esos modelos vuelven a modificarse, y al cambiar nuestra lectura sobre la realidad cambiamos nuestra manera de vivir. Esta es la parte que ignoramos demasiado. Pocas veces nos damos cuenta. Es por eso que, por ejemplo, personas que han vivido años con una misma postura de pensamiento, pueden cambiar y tomar por sorpresa con su cambio a quienes los seguían por compartir sus mismos ideales.
Contrario a lo que generalmente se cree, cambiar de idea a menudo es normal y saludable. Vivir con una idea fija en algunos casos puede parecer digno de admirar, pero la verdad es que ni siquiera es algo bueno. Va en contra de nuestra naturaleza, porque la naturaleza misma de la vida es vivir cambiando y transformandose, enfrentando situaciones nuevas que confronten y cambien nuestros modelos de realidad.

 

Lo que aprendí escribiendo y volviendo a leerme años después.

 

Me quedó en claro que he cambiado y voy a seguir cambiando. Y esto es algo que me resulta inevitable.
No tengo control sobre muchas cosas que creía tenerlo, pero eso no es tan malo. Añade incertidumbre, y estoy aprendiendo a estar bien con eso y disfrutarlo.
Leer escritos viejos ha cambiado la forma en que escribo hoy. Escribía muchas cosas como si supiera cómo iba a ser yo en el futuro, y nunca estuve tan equivocado sobre algo. Es imposible saber cómo vas a ser a futuro, y cómo va a ser tu visión de la vida. Saber eso implicaría saber qué va a pasar, porque las experiencias moldean tu realidad. Y nadie sabe qué ha de venir mañana mismo.
Aprendí que es estúpido vivir con una idea fija de qué, quién y cómo debes ser; incluso si esa idea viene de vos. No creo que mi yo del pasado sea mejor consejero que el del futuro, que ha crecido y expandido más sus redes neuronales y su visión de la realidad.

 

Un ejercicio tan simple como escribir puede ayudarte a ordenar las ideas y conocerte más a vos mismo.
No necesitas publicarlo en Internet, ¡en papel basta!
Escribiendo con regularidad, una o dos veces al mes, te permite ir dejando un registro con el que a la larga aprendes cosas de vos mismo que de otro modo difícilmente aprendas.

“En ocasiones tenemos que abandonar la vida que habíamos planeado, porque ya no somos la misma persona que hizo aquellos planes” – Javier Iriondo.

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